A la muerte de su padre en Britannia, Constantino es proclamado emperador por sus tropas, iniciando una carrera política y militar que transformará para siempre el destino del Imperio romano. En un mundo desgarrado por rivalidades de la tetrarquía diseñada por Diodeciano, el joven augusto deberá abrirse paso entre alianzas efímeras, guerras civiles y traiciones para imponer su autoridad sobre un territorio inmenso y fragmentado. El precio de la unidad será elevado: enemigos derrotados, viejos compañeros sacrificados y miembros de su propia familia convertidos en de una lógica de gobierno que no admite obstáculos. La culminación de toda esa transformación será el Concilio de Nicea, convocado y presidido por un emperador que aún no ha recibido el bautismo, pero que ya interviene decisivamente en definición de la ortodoxia cristiana.
Entre la realidad histórica y la construcción del mito, Rehén de sí mismo explora la figura compleja y contradictoria de Constantino I: conquistador y legislador, visionario y verdugo, fundador de una nueva era y prisionero de la imagen que él mismo forjó para la posteridad.
Una novela sobre el poder absoluto, la manipulación de los símbolos y el nacimiento de un mundo cuyas consecuencias aún perduran.

Prólogo de Rehén de sí mismo
Esta novela aborda una cuestión histórica de enorme interés: la distancia entre el Constantino real y el Constantino construido por la propaganda imperial y la tradición eclesiástica. Además, el título Rehén de sí mismo intuye, creemos, una dimensión psicológica que puede diferenciar la novela de otras obras centradas únicamente en los acontecimientos políticos o militares.
El sustento argumental se construye sobre tres pilares:
La conquista del poder: la destrucción progresiva de la tetrarquía.
La construcción del mito: visiones, símbolos, monedas, arquitectura, ceremonias, leyes y relatos oficiales que transforman a Constantino en un gobernante providencial.
El precio personal del poder: la relación con Crispo, Fausta, Helena y sus colaboradores más cercanos, que culmina en la paradoja de un hombre que logra dominar el Imperio, pero pierde la capacidad de confiar en quienes lo rodean.
Esa triple perspectiva creemos que encaja con el subtítulo Hallazgo y mito de Constantino I, porque permite mostrar simultáneamente al personaje histórico, al propagandista de sí mismo, a la visión de los panegiristas y hagiógrafos y a la figura legendaria que heredó la posteridad.
El período comprendido entre la muerte de Constancio Cloro y el Primer Concilio de Nicea ofrece algunos de los episodios más dramáticos, complejos y decisivos de toda la historia romana, y constituye un excelente marco para comprender la historia posterior.
La dificultad para comprender al personaje reside precisamente en la superposición de historia y leyenda. Los cronistas cristianos lo presentaron como un elegido de Dios. Sus adversarios paganos lo describieron como un tirano ambicioso. Los historiadores modernos continúan discutiendo hasta qué punto sus convicciones religiosas fueron sinceras o estuvieron subordinadas a sus objetivos políticos.
Esta novela no pretende dictar sentencia. Su propósito es reconstruir al hombre que existió detrás del mito: el militar formado en las fronteras del Imperio, el político capaz de destruir la tetrarquía, el gobernante que comprendió la importancia de la religión como factor de unidad y el padre que ordenó la muerte de personas cercanas cuando creyó amenazada su posición.
Entre los hechos comprobados y los silencios de las fuentes se desarrolla una historia donde el poder absoluto transforma tanto al mundo como a quien lo ejerce.
Como toda novela histórica, el texto combina hechos documentados con reconstrucciones plausibles destinadas a llenar los vacíos existentes en las fuentes. Los diálogos, pensamientos y numerosas escenas privadas pertenecen al terreno de la ficción, aunque se han construido respetando el contexto político, social y cultural de la época.
La intención de la obra no es juzgar a Constantino desde criterios contemporáneos, sino comprender las circunstancias que moldearon a uno de los personajes más influyentes de la historia universal.
El autor
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Fragmento I
…Cayo, cuando terminó la entrevista con Volusiano, estaba exultante. Había conseguido bastantes adhesiones. Acababa de lograr una información y un compromiso que le harían aparecer ante Constantino como una persona valiosa, casi indispensable. Cuando los infiltrados acabaron sus entrevistas, abandonaron la ciudad discretamente. Melquiades le había confesado que el miembro del ejército le haría una confidencia muy valiosa y que suponía decisiva. No había sido decepcionado y ese era el motivo de la alegría indisimulable de Cayo. Tras las sombras de la luz de la luna que proyectaban las murallas, el bético esperó un momento en silencio. Se oyeron entonces los pasos pesados e inconfundibles de las sandalias de los temibles pretorianos. El movimiento en la oscuridad producía proyecciones fantasmagóricas y se auguraban cuerpos masacrados para mayor gloria de Majencio. El enviado de Constantino lo presentía y ya imaginaba el campo de batalla con su olor acre y los cuerpos desmembrados de hombres y bestias como en otras ocasiones, como el resultado de un vómito descomunal.
Considerable parte de la Iglesia que representaba al pueblo llano y facciones del Senado conspiraban contra el que se creía el amo de Roma. Majencio había desterrado hacía poco a dos obispos e, incluso, hubo dos años sin que en la ciudad hubiese el máximo cargo de la Iglesia. Eso no le saldría gratis al confiado hijo de Maximiano, que no poseía las dotes conspiratorias de su padre.
… Fragmento del capítulo dedicado a la batalla del puente Milvio. De mi novela REHÉN DE SÍ MISMO.

Fragmento II
—Interesante. De seguro que hay muchas más historias como esa que han conformado la ciudad de Roma como la más grande de todas y como la de mayor personalidad.
—¡Cierto! Pero hay mucho odio agazapado dentro de las almas de bastantes romanos. Una ciudad magnífica que pierde su grandeza por la ponzoña que corroe las entrañas de muchos. De todas maneras, hay que pensar positivamente. Estoy eufórico porque el Senado y el pueblo han sugerido levantar un arco triunfal en mi honor. Es algo que me halaga, pero, no nos engañemos, también será un monumento que recuerde a todos la misma grandeza de Roma. Esperemos que la situación en la ciudad que reina ahora y la que se desarrolle en el futuro próximo gire felizmente hacia nuestra conveniencia.
—¿Lo han sugerido ellos? Lo del arco, quiero decir. —Cayo puso cara de extrañeza. Tenía dudas de que hubiese ocurrido así. En el fondo pensaba que el emperador no era ajeno a esa decisión.
—Interesante. De seguro que hay muchas más historias como esa que han conformado la ciudad de Roma como la más grande de todas y como la de mayor personalidad.
—¡Cierto! Pero hay mucho odio agazapado dentro de las almas de bastantes romanos. Una ciudad magnífica que pierde su grandeza por la ponzoña que corroe las entrañas de muchos.
De todas maneras, hay que pensar positivamente. Estoy eufórico porque el Senado y el pueblo han sugerido levantar un arco triunfal en mi honor. Es algo que me halaga, pero, no nos engañemos, también será un monumento que recuerde a todos la misma grandeza de Roma. Esperemos que la situación en la ciudad que reina ahora y la que se desarrolle en el futuro próximo gire felizmente hacia nuestra conveniencia.
—¿Lo han sugerido ellos? Lo del arco, quiero decir. —Cayo puso cara de extrañeza. Tenía dudas de que hubiese ocurrido así. En el fondo pensaba que el emperador no era ajeno a esa decisión.

